Una aproximación al aburrimiento

Una aproximación al aburrimiento

I

En este trabajo se ha pretendido un lanzamiento, una emergencia. También se ha asumido el riesgo que implica toda improvisación. Es más, quizá toda la intención se ha concentrado en correr ese riesgo; a pesar de ello el lanzamiento ha sido inevitable.

Este trabajo ha de ser considerado como un juego por varios motivos, siendo el más importante de ellos el hecho de que no podía ser de otro modo: era necesario jugar. Por otro lado ningún lanzamiento, ninguna emergencia tendrían lugar en la inmovilidad más absoluta; era necesario poner en movimiento.

El juego que aquí acontece ha de ser entendido como un recorrido, un trayecto, un viaje. Los caminos no han sido trazados de antemano. Lo único que se ha dispuesto con antelación han sido los márgenes difusos que configuran el espacio del tablero de juego. Este juego ha de ser entendido asemejándolo a la propia dinámica de una conversación. El espacio del que se habla no es más que el propio espacio de la conversación.

El campo de juego ha sido conformado por la intersección en un mismo plano de distintas componentes, cada una de ellas compuesta por una materialidad diferente. El orígen de cada uno de los implicados no ha sido relevante; únicamente se ha prestado atención al resultado de la convergencia de las partes imbricadas concediendo importancia a lo que se dice o da que decir, es decir al clima producto de la puesta en juego, y no a quién lo dice. Dicho clima es la efervescencia resultante de la fricción, entendida como concurrencia o roce entre distintas materias, entre los diferentes jugadores. Ha sido el ardor, el acaloramiento, la efervescencia, el verdadero jugador de este juego.

 El interés de este trabajo nació de la necesidad de pensar y entender el aburrimiento en su relación con el juego original de la existencia (ser-en-el-mundo) heideggeriano, con el fin de liberarlo de la acepción que hoy se le acostumbra a darLa forma de abordar el problema será recurriendo a dos conceptos que por su flexibilidad proporcionan dinamismo al juego, a saber: el concepto de juego y el concepto o proceso denominado como ritornelo.

 En primer lugar han sido llamados a jugar , con la intención de enriquecer y esbozar el campo de juego, tres textos: Del Ritornello de Gilles Deleuze y Félix Guattari, 1El juego como hilo conductor de la explicación ontológica de Gadamer2, y El mundo como juego de la vida de Heidegger. 3. En segundo lugar se tratará de aproximarse al problema convocando La Gaya Ciencia de Nietzsche y en especial el aforismo 42 Trabajo y aburrimiento. Por último he tenido el privilegio de ser invitado a jugar adoptando un carácter especial, el de servir de filtro a la conversación y prestarme como conciencia del propio devenir del juego. Prestarse a ser el espacio de concurrencia de la palabra de los otros implica la posibilidad de llegar a confundirse con el propio tablero de juego. Ser lo a través supone padecer el clima, ser afectado por la efervescencia del juego y por lo tanto someterme a la necesaria transformación que tiene lugar dentro de dicha atmósfera o tablero de juego que nos es sino el propio paisaje del trayecto o recorrido en el que este juego consiste. De esta manera cabe entender también este trabajo como aquello recogido o abrazado por mi mirada durante este viaje que no es otro que el de una conversación.

 Tan sólo queda decir que el juego ya ha comenzado.

II

Se puede pensar el tiempo desde una perspectiva ordinaria; ese tiempo de los días y de las horas por el que transcurre la existencia4 en sus diversos despliegues. Hablamos de las horas de trabajo, de las horas de estudio, de las horas de sueño; de los momentos dedicados a alimentarnos, a ir a la compra, a conversar con algún otro; de los minutos que puede llegar a durar un beso, un abrazo, un llanto, un echar de menos, un saludo. De alguna manera entendemos la duración, que algo pueda durar, ya sea por unos instantes o de por vida. La duración como el darse efectivo del acontecer temporal de la existencia. A expensas de ser conscientes del misterio o asombro que pueda provocar la duración misma cabe también preguntarse y desde luego asombrarse de la forma con que acontece la duración. Nuestra vida es un conglomerado de duraciones, cada una con su intensidad respectiva. Se puede decir que nos mantenemos durando, en constante duración, tanto como dure el tiempo de vida, tanto como perdure nuestro mantenernos en el durar, en el subsistir.

Desde el plano en el que la duración misma se constituye requiere plantearse el tema que convoca este trabajo. Pensar el aburrimiento como el persistir original de la existencia en la duración que la conforma, con el fin de abordar y liberar otras formas de durar la existencia.

¿De qué manera acontece la duración en el estado de aburrimiento? ¿Por qué se diferencia el aburrimiento del resto de actividades? ¿Qué supone perdurar en el aburrimiento? ¿De qué manera este perdurar determina el modo de durar de la existencia en el amplio espectro de los diferentes comportamientos fácticos?

*

 Entiendo el juego como una forma específica de darse la duración. Si caracterizamos la existencia en su amplio espectro o abanico de posibilidades del durar, el juego constituye un darse efectiva la duración de una forma especial. ¿De qué manera condiciona el jugar al modo de acontecer la existencia como duración?

Al acudir a la caracterización que hace Heidegger5 de la noción de juego se observa que lo primero que denota este término es movilidad. Heidegger recurre al concepto de juego porque le es útil en su empresa de aprehender el específico pasar, suceder, acontecer de la propia existencia. La noción de juego por su específico carácter de movilidad nos permite una comprensión más acertada del acontecer en el que la exsistencia consiste.

Jugar -continúa Heidegger- es estar realizando un juego, efectuando una actividad singular. Decimos que jugar es un poner en juego, un poner en movimiento. El jugar se materializa como un hacer o emerger una acción. Pero el jugar no sería posible si no se efectuase de acuerdo a unas reglas. La que activa el juego son las reglas en él implicadas que conforman la dinámica del propio acaecer del juego. A este respecto Gadamer6 habla del movimiento ordenado del juego. Jugar denota un movimiento de vaivén que no desemboca en ninguna parte sino que consiste en renovarse en constante repetición. Hablamos entonces del proceso, de la dinámica del juego. Lo específico del juego para Gadamer es la pura realización del movimiento siendo indiferente quién o qué realice el movimiento. Es el juego el que se juega. Decir algo está en juego es decir algo se está desarrollando, algo está en curso. El propio juego es el único y verdadero sujeto, posee una esencia propia independiente de los que juegan. Por eso es fácil abandonarse a los movimientos del juego. La facilidad del juego es un sin esfuerzo alguno, como si marchase solo. Esto es debido únicamente a que el juego consiste u obedece a unas reglas, es decir a unos movimientos ordenados, preestablecidos. La facilidad con la que uno se abandona al juego se debe a que uno no juega sino que es jugado. La experiencia del juego consiste en que el que experimenta el juego es modificado por él. Entrar en el juego es un someter la propia conducta a un esquema prefigurado de movimientos ordenados de modo que fluya de acuerdo al acontecer inherente al juego. En esto consiste la facilidad del juego; el jugador se ve contagiado por el espíritu del juego. Y lo que distingue a un juego de otro es que cada uno posee un espíritu propio y peculiar. Cada juego afecta de distinta manera al jugador. Es más, todo comportamiento lúdico -señala Gadamer- supone un liberarse de la tensión de las otras conductas orientadas hacia objetivos. Jugar es un alivio porque el fin del juego es el juego mismo. El único objetivo del juego es ordenar y configurar el movimiento en el que consiste. Por eso Heidegger afirma que lo original del juego es el temple de ánimo, entendido como un estar de humor, la afinación en la que le gozar del juego se efectúa. Lo original del juego es que exista un cierto goce. Lo decisivo es el específico estado de ánimo, el modo de encontrase en ello.

 El jugar determina el modo de acontecer la existencia de forma que el modo de duración se ve conformado a los propios movimientos del juego. Hay que hablar entonces del durar en el juego, de la forma específica que adopta la existencia como duración implicada dentro de los esquemas del movimiento ordenado que configura el espacio lúdico.

 Ahora bien, el juego no ha de ser entendido en el sentido contrario a “en serio y de verdad” o a la realidad. Heidegger habla del “juego de la vida”, del juego original de la transcendencia. La forma de entender la existencia como un juego nos lleva a distinguir dos niveles de juego. En primer lugar está el carácter de juego que radica en la propia esencia de la existencia. Heidegger habla del ser-en-el-mundo como el juego original de la transcendencia. Y en un segundo plano se sitúan el resto de comportamientos fácticos que encuentran su condición de posibilidad en la primera y original acepción de juego. Todo comportamiento implica haber entrado ya de antemano en el juego original de la transcendencia. Si algo nos acontece -dice Heidegger- es porque nos acontece envuelto en el ejercicio de ese juego.

Luego cada uno de los diferentes comportamientos fácticos de la existencia son entendidos también como juegos en el sentido de rol papel a desempeñar. En un mismo día puedo ser estudiante de filosofía, camarero en un restaurante, conductor de coche, jugador de ping-pong, viandante, “amigo de éste y de este otro”, compañero de clase, enemigo de alguien, “hijo de”, “hermano de”, “sobrino de”…

En este sentido Gadamer habla del juego como representación (aludiendo al mundo del teatro). Jugar es representar. El juego se limita a representarse y el jugador se limita a entregarse a dicha representación.

 La duración del juego es la duración de lo representado. El modo de transcurrir la duración de la existencia se ve conformada por el clima o la atmosfera propios de cada juego, rol o papel a representar. Cada día representamos diferentes papeles, jugamos a distintos juegos, participamos de diferentes roles y en cada uno de ellos nos encontramos sumergidos en un orden distinto de acuerdo a la medida propia de cada uno. Lo interesante de haber traido a colación el concepto de juego a la hora de pensar el aburrimiento es debido a que jugar implica medida y orden. Jugar es más que realizar una actividad. El propio tablero del juego es un campo de fuerzas que devienen movimiento. Entrar en el juego es zambullirse en una dinámica, abandonarse en los brazos de una energía propulsora. Por eso todo jugar es un ser jugado y la facilidad del juego es un abandonarse sin esfuerzo a un movimiento. “Sin esfuerzo” porque el orden ya preexiste. El juego proporciona una dinámica ya conformada y ordenada; nos ahorra el esfuerzo de la iniciativa de crear un orden, una cosmogonía, un juego propio.

El modo de suceder la duración de la existencia en el juego es la cadencia. El juego acontece cadencioso, acompasado, como en la danza la música es medida. Tanto el juego como la música consisten en reglar los movimientos y en ambos casos el suceder de la existencia fluye, la duración no pesa sino que acontece ligera como si resbalara.

Los juegos, en el sentido de roles (comportamientos fácticos o modos de ser), marcan la medida del acontecer o pasar de la existencia y escanden el modo de darse la duración.

III

 Ahora bien ¿qué forma adquiere la duración del acontecer de la existencia en el estado de aburrimiento? El haber esbozado con antelación un despliegue del concepto de juego va a permitir adentrase en esta cuestión no ya sólo con más claridad sino con la ventaja de la oposición. ¿Por qué el jugar se ha de oponer al aburrimiento?

Deleuze y Guattari7 desmenuzan el concepto del ritornelo y realizan una atractiva distinción entre lo que supone estar dentro estar fuera, es decir entre un centro estable ordenado y las fuerzas desestabilizadoras del caos. Lo atractivo es que no se puede estar completamente dentro ni totalmente fuera. Cabe mejor hablar de grados de implicación. Del mismo modo que uno nunca está fuera del juego. Un niño en la oscuridad, presa del miedo, se tranquiliza canturreando. En lugar de hablar del ritornelo en la música pensemos el ritornelo y el juego. Juego como centro estable, según la caracterización que se ha hecho del concepto de juego. De todos modos se trata de trazar un círculo, organizar un espacio limitado y movilizar las fuerzas anticaos. ¿Pero qué hay afuera? Y ¿por qué jugamos?

 Afuera está el caos, manojo enmarañado de líneas aberrantes, lo ilimitado, allí donde es imposible habitar. Sensación de pérdida, de desintegración, de desorientación, abandono, desasosiego. Necesito tranquilizarme porque estoy desprotejido. Me extravié y desorientado no reconozco dónde piso. Se aproxima la noche y mi único pensamiento es cómo encontrar cobijo. Durante la noche es más fácil perderse; durante la noche las fuerzas del caos cobran dimensiones monstruosas. He de poner un poco de orden, he de reconocer señales, marcas, debo agenciarme un territorio, una morada.

 Lo interesante es el mientras tanto. Mientras se está desamparado ¿cómo acontece la duración? En este estadio cabe preguntarse por qué el jugar se opone al aburrimiento. Cuando medio dentro medio fuera, cuando entre dos medios. La pregunta por la esencia del aburrimiento y en particular por cómo acaece la duración en el aburrimiento mismo se ha de establecer en relación a lo que supone estar entre dos. Deleuze y Guattari diferencian los medios y los ritmos

8. Ambos nacen del Caos pero el ritmo se define por estar entre dos medios. Entre la noche y el día, entre lo que es construido y lo que crece naturalmente, entre las mutaciones de lo inorgánico a lo orgánico, de la planta al animal, del animal a la especie humana, sin que esta serie sea una progresión… Es en ese entre dos donde el caos deviene ritmo. Hay ritmo desde el momento que hay paso transcodificado de un medio a otro, comunicación de medios, coordinación de espacios-tiempos heterogéneos. El ritmo es lo contrario a la medida o cadencia. El ritmo es lo desigual o lo inconmensurable. La medida es dogmática pero el ritmo es crítico, une instantes críticos, o va unido al paso de un medio a otro. No actúa en un espacio tiempo homogéneo sino con bloques heterogéneos. Cambia de dirección. El ritmo nunca tiene el mismo plano que lo ritmado pues la acción se hace en un medio, mientras que el ritmo se plantea entre dos medios, o entre dos entremedios. Cambiar de medio, tal y como ocurre en la vida, eso es el ritmo. Es la diferencia la que es rítmica y no la repetición.

 Oponer juego y aburrimiento es oponer medida y ritmo, orden y caos (siempre teniendo en cuenta que la implicación es gradual; se está medio dentro o medio fuera). Jugar es trazar círculos. Por ejemplo Gadamer entiende por arte cuando el juego humano ha alcanzado su verdadera perfección e introduce la expresión transformación en una construcción para explicar en qué consiste la idealidad del juego artístico. Construcción obedece a una formación ya hecha y consolidada, a un producto acabado, conformado en el sentido de constructo, es decir, de obra. La transformación no significa alteración sino algo más: decimos que algo se ha transformado cuando ha pasado a ser otra cosa distinta de lo que era de forma que alcanza su verdadero ser.

De esta manera la transformación supone un movimiento hacia lo verdadero, del caos al orden; una vuelta al ser verdadero en el sentido de desvelamiento (aletheia). La obra resultante se conforma como un mundo cerrado en sí mismo gracias a la autonomía que le ha proporcionado la transformación. El desplazamiento ha dado lugar a una pérdida de referencia respecto de la realidad o mundo en el que vivimos como propio. El juego en el que la obra de arte consiste se ha independizado del resto de los mundos para convertirse en un círculo cerrado de sentido que encuentra su patrón en sí mismo.

Pero resulta inevitable preguntar ¿según qué criterio se valora la transformación en una construcción como un movimiento hacia el verdadero ser de algo?

 La transformación en una construcción no es más que una morada, un cobijo. Lo que conduce a la creación de ese centro estable es la propia facultad del conocimiento. Gadamer lo deja bien claro

9: quien está en condiciones de percibir el sentido del juego que se desarrolla ante uno no distingue el escenario de un teatro de la propia vida real. Es más, se produce gozo, el gozo del conocimiento. La condición de posibilidad del conocimiento es tener delante un círculo cerrado de sentido, es decir, es necesario transformar la realidad. ¿Pero qué pone de manifiesto esa necesidad de transformación? ¿Por qué para comprender algo ese algo ha de dejar de ser lo que es?

De nuevo el ritornelo. La obra de arte, la construcción de la que habla Gadamer es la cancioncilla que canturrea el niño para tranquilizarse. El sentido es dar sentido y dar sentido es dejar de padecer miedo. Crear un espacio habitable, un círculo cerrado de sentido que nos proporcione un conocimiento de la realidad metastásica, huidiza, escurridiza. La realidad o caos es ese medio en constante cambio al que se enfrenta la facultad del conocimiento humano. Es lo inhabitable, lo ilimitado. Son las fuerzas del caos, manojo enmarañado de líneas aberrantes.

 Si en lugar de entender el juego como obra de arte y lo hacemos en relación al comportamiento fáctico de la existencia se llega a la conclusión que cada uno de los roles o papeles que representamos son círculos donantes de sentido en el juego original de la existencia (tal y como Heidegger caracteriza ser-en-el-mundo). De esto nos percatamos constantemente cada vez que entra o sale alguien de nuestra vida, abandonamos un trabajo, comenzamos nuevos estudios o nace nuestro hijo. Dentro del juego original de la existencia, al que todos de una forma u otra estamos llamados a jugar, se despliegan todos y cada uno de los diferentes modos de ser o papeles a representar.

IV

 Heidegger10 al pensar el mundo como juego de la vida afirma que el carácter de juego radica en la propia esencia de la existencia, es decir que ser-en-el-mundo tiene carácter de juego. Es el llamado juego original de la transcendencia. Habla de jugarse la existencia, entrar en el juego de la existencia, venir nuestra existencia puesta en juego.

El aburrimiento es estar fuera de todo juego salvo de este juego original. El aburrimiento es un estar entre dos juegos, entendiendo aquí juego como rol o comportamiento fáctico o representación de un papel determinado.

Como se vio anteriormente jugar es ser jugado; lo característico de todo juego es el temple de ánimo. Hablamos de la facilidad del juego y de que ser jugado supone evitarse la molestia del esfuerzo. ¿Pero qué clase de esfuerzo es ése? y ¿cuál es el temple de ánimo característico del juego original?

 El primer estadio del aburrimiento es pasivo. Consiste en un estar a la intemperie, estar abandonado al juego original fuera de todo rol habitual. Este estado de desamparo original, opuesto al disfrute, al entretenimiento, al goce del juego, representa un modo privilegiado de darse el acontecer. El aburrimiento, al igual que el ritmo, no acontece en el mismo plano de la acción; está entre dos acciones. El juego obedece a una medida y a un código mientras que el aburrimiento es sin medida. No se da la acción propia del juego. Si lo que caracteriza al juego como centro estable es la tranquilidad y estabilidad de estar abandonado a una serie de movimientos ordenados, el aburrimiento es un mantenerse en la duración sin medida. El tiempo es vivenciado durante el aburrimiento como pura duración privada del movimiento propio del juego. La duración es experienciada en bruto, el tiempo no ha sido cocinado. El no estar sumido en un orden apunta a que el temple de ánimo característico del aburrimiento ha de ser entendido como pathos. Quien está aburrido padece la duración insoportable del tiempo. El durar es áspero, monótono, fastidioso. Fuera de todo orden, el estado de aburrimiento se sitúa apartado de la escansión ordinaria del tiempo que reina en nuestra existencia cotidiana.

 Que nada suceda bajo la forma de juego supone que exclusivamente suceda mi propio suceder. El privilegio de estar abandonado al estado de aburrimiento consiste en disfrutar de la posibilidad de situarse cara a cara con la propia existencia y su acontecer.

Desamparada en el juego original la existencia padece su propia duración. Por eso es preciso entender el estado de aburrimiento en relación con cómo es vivenciada la duración o el acaecer de la existencia en el tiempo.

Del mismo modo que el niño extraviado canturrea en la oscuridad para crear un centro estable, uno encuentra una salida rápida al fastidioso tedio. Pero ¿qué está en juego en el permanecer o persistir en el hastío?

 Si se acude al aforismo 42 de La Gaya Ciencia el problema se plantea en los mismos términos. Nietzsche habla de la necesidad de aburrirse y de mantenerse en esa desagradable calma del alma. El aburrimiento no sólo es pathos, es también una espera. Hay una finalidad en el aburrirse que pertenece al estadio activo del aburrimiento. Es preciso soportar y esperar a que se produzca en él su efecto. Lo extraordinario de estar entre dos juegos es que cabe la posibilidad de que irrumpa en el seno del juego original de la existencia un modo de ser o rol excepcional como por ejemplo el viaje feliz de la experiencia artística o juego artístico. El aburrimiento puede llegar a ser la condición de posibilidad de la irrupción de la vis creativa. Lo propio del tedio es que alienta e impulsa a emprender una iniciativa, es decir un cambio de dirección. Al igual que el ritmo, el hastío es un momento de paso, un vaso comunicante entre dos juegos diferentes. El aburrimiento es ese estado que precede al viaje feliz y a los vientos briosos. Porque lo excepcional es que irrumpa la diferencia, lo que nunca hasta ahora. De este modo el aburrirse plantea la posibilidad de ser otros, de constituirse como otro a través de la emergencia de un nuevo juego. Lo característico del jugar es la transformación del jugador en otro de sí mismo. Ser otro a través de un rol diferente, de un nuevo papel a representar. Y esto es posible debido a que en el estar abandonado al juego original padeciendo la duración sin medida la existencia ha sido capaz de entrar en pugna con lo que más la constituye, es decir la falta de apoyo o asidero sobre la que ha de interpretar todo papel. Por eso es fácil entender cada rol de la existencia como un centro estable, ordenado donde encontrase protegido, amparado, cobijado (Bergung).

 Estar entre dos juegos significa que el único juego al que se juega es el juego original de la existencia (ser-en-el-mundo) y se pone así contundentemente de manifiesto los infinitos modos de ser (roles, papeles, ethos) a los que le es posible acceder a la existencia mientras dure el juego. Luego el viaje feliz del que habla Nietzsche puede ser considerado no sólo como aquella vis en la que encuentra habitualmente le existencia su autenticidad sino además como la posibilidad de que desde el aburrimiento se arriesgue una improvisación, un movimiento arriesgado en busca de nuevos agenciamientos. Que brote la iniciativa de jugar a nuevos juegos. Aumentar el espectro de conductas fácticas o roles como forma de enriquecer nuestra experiencia, nuestro ser-en-el-mundo. Lanzarse, salir fuera, suspender los roles ya preconformados en la rutina, el estado de cosas ya configurado y predispuesto. Heidegger definió las reglas del juego como un proceso que se conforma desde dentro y se transforma. Nunca hay que olvidar que las reglas pueden ser cambiadas porque lo que está en juego es nuestro jugarnos la existencia y que sea de la manera más enriquecedora posible evitando de esta forma que la relación con el mundo se vea reducida al anquilosamiento.

 A medida que uno va desembarazándose de los juegos que constituyen el amplio espectro de comportamientos fácticos se va alejando del centro y se va aproximando a los límites, allí donde uno se encuentra cara a cara con lo que en última instancia es: nada. Según esto es inevitable a la hora de pensar el aburrimiento hablar de crisis. La crisis propia del ritmo, del estar entre dos. En este momento cobra relevancia la conciencia de la propia finitud. La existencia se ve ante la prueba de hacerse cargo de sí misma haciéndose cargo simultáneamente de la falta de Halt o fundamento sobre la que descansa. Los momentos críticos abren la posibilidad de que la existencia reordene los movimientos del juego original. Cambiar las reglas supone un replanteamiento de la actitud y postura que mantiene la existencia en su habérselas con el mundo. Se trata de una tarea adaptativa a los cambios de la realidad metastásica. En el aforismo 361 Nietzsche habla del actor como de aquel que posee capacidad de adaptación y de bailar a cualquier son, es decir cambiar de papel, de máscara y ser otro.

 El peligro del aburrimiento es la desintegración de la condición de sujeto en tanto que actor. Somos un conglomerado de roles, de juegos, de representaciones y más allá de eso no está más que el puro acontecer, suceder, pasar de la existencia, es decir su duración sin medida. Detrás de todas las máscaras sólo está la calavera. Por eso Nietzsche alude al esfuerzo de soportar y padecer la espera en el aburrimiento porque en él nada actúa como fuente de dinamismo que otorgue una cadencia al propio acontecer de la duración.

 Sin embargo la acepción que se le otorga hoy al aburrimiento es bien distinta. Señala Nietzsche: ahuyentar por cualquier medio el aburrimiento es vulgar: así como es vulgar trabajar sin placer

11Es inevitable considerarlo como un mismo fenómeno evitar el aburrimiento y trabajar sin placer. El problema consiste en no tener en cuenta expresamente que el jugar se define ante todo por la existencia de un cierto gozar del juego y valorar en su lugar el juego no como un fin en sí mismo sino como un medio. Advierte Nietzsche que es una cuestión de exigencia. No existe la preocupación vital de velar por la presencia contínua del gozo en cada uno de los juegos a los que jugamos, en especial en el juego laboral. Los exigentes, los difíciles de contentar, los quisquillosos son todos aquellos que comprenden la verdadera finalidad del jugar y en el caso de que faltase son de una decidida indolencia, aunque traiga consigo empobrecimiento, oprobio y peligro para la salud y para la vida. Lo que más hay que temer -continúa Nietzsche- es el trabajo cumplido sin ganas y no el aburrimiento. En el aforismo 329 se pone de relieve la perdición propia del hombre contemporáneo: la precipitación febril del trabajo. Uno ya no se avergüenza de ser un esclavo. Incluso podría llegar pronto el día en que no se cederá ante la tendencia a la vita contemplativa (quiero decir, al paseo en compañía de pensamientos y amigos) sin desprecio de sí mismo y mala conciencia. Aburrirse es vergonzoso. La precipitación febril del trabajo nos ha hecho inútiles, impedidos, no aptos para permanecer sin nada que hacer; no sabemos ser libres.Parece que el hombre cuando tiene en sus manos la libertad no sabe qué hacer con ella. Se ahuyenta el aburrimiento porque la máxima es: más vale hacer cualquier cosa que no hacer nada12a, no vaya a ser que me dé cuenta de que no sé ser libre. Nos avergonzamos de la libertad y veneramos la esclavitud. Esta máxima –dice Nietzsche- es una soga con que se estrangula toda cultura y todo gusto superior. Y es que para aburrirse es necesario tiempo y fuerzas. Quien siempre está muy ocupado se halla más allá de toda perplejidad13Tiempo no ocupado en una actividad sino tiempo suspendido entre dos medios. Hoy en día el ocio no es más que una huida desesperada del aburrimiento. Las formas de entretenimiento fácil y barato de las que disponemos son infinitas. Pensar el aburrimiento obliga a reconsiderar el tiempo de ocio y reafirmar de nuevo la vita contemplativa liberándola de máximas absurdas.

BIBLIOGRAFIA

 – Deleuze, G. y Guattari, F.: “Del Ritornelo”, en Mil mesetas, capitalismo y esquizofrenia, Pretextos, Valencia, 1997.

– Gadamer, H.G.: “El juego como hilo conductor de la explicación ontológica”, en Verdad y Método I , Sígueme, Salamanca, 1977.

– Heidegger, M.: “El mundo como juego de la vida”, en Introducción a la filosofía, Cátedra, Madrid, 1999.

– Nietzsche, F.: La Gaya Ciencia, Akal, Madrid, 1988.

 NOTAS

1Gilles Deleuze y Félix Guattari: “Del Ritornelo”, en Mil Mesetas, Capitalismo y Esquizofrenia, Pre-textos, 1997, Valencia, pp. 317-358.
2H.G. Gadamer: “El juego como hilo conductor de la explicación ontológica”, en Verdad y Método, Sígueme, Salamanca, 1977, pp. 143-181.
3M. Heidegger: “El mundo como juego de la vida”, en Introducción a la filosofía , Cátedra, Madrid, 1999, pp.322-338.
4Dasein
5La definición de juego que a continuación trataré de explicar se ofrece en el capítulo El mundo como juego de la vida del texto Introducción a la filosofía, pag. 322-338.
6Todas las alusiones a Gadamer hacen referencia al texto El juego como hilo conductor de la explicación ontológica, en Verdad y Método I , pag. 143-181.
7Gilles Deleuze y Felix Guattari, Op.cit. págs:317-358.
8Ibid, pág 319 y sig.
9H.G.Gadamer, Op.cit. pág.156.
10M.Heidegger. Op.cit. pág. 322.
11F. Nietzsche: La Gaya Ciencia, aforismo 42, Akal, Madrid, 1988, pág 95.
12Ibid. Aforismo 329, pág. 237.
13Ibid. Aforismo 254, pag.198.